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martes, diciembre 2

Una dependencia que los iberoamericanos preferimos desconocer



Iberoamérica surgió de la dependencia. Confesarlo duele, aun cuando parezca una verdad de perogrullo. El estigma de la dependencia ha perseguido – y persigue todavía – a la geografía humana identificada por Iberoamérica. ¿Será que solo confirmamos nuestra personalidad en la dependencia?
Si la dependencia nos marca de tal manera, entonces cabría precisar ¿cuálindependencia es la que recientemente conmemoramos? La joya de nuestro orgullo es la añeja e imperfecta independencia del coloniaje ibérico. Rompió el tipo de vínculos de dependencia medularmente políticos.

La independencia política trajo diversas formas de gobierno propio. Tiranías de campamento o con camuflaje civil, procesos anárquicos mal estimulados y peor conducidos, coaliciones que se desmembraban desde su esencia, nacionalismos con más aspiraciones que sustento, movimientos sociales de proyección amplia y contradictoria, socialismos truncos o que redireccionan su ruta y, los últimos, los recién aparecidos, que se fortalecen exaltando sus especificidades. De todo se ha dado en esta dinámica entre la dependencia y la independencia política. 

Por encima de todo predominan los pueblos que se reconocen legítimos en su variedad cultural.

¿Cultura… 

¡Nuevo campo de dependencia!

Las herencias son muy fuertes. Se reproducen día a día en la vida cotidiana, en ese contexto donde se aceptan las actitudes sin reparar en su significado, por la sencilla razón de constituir costumbres ancestrales.
Me refiero a la dependencia cultural que portamos. En otro momento escribiré sobre la que nos imponen

Lo hago porque el primer principio liberador surge desde lo interno, desde nosotros mismos. Jamás seremos independientes reproduciendo los modelos heredados. La apropiación de la tradición debe ser, ante todo, crítica.

No pretendo penetrar en polémicas conceptuales de larga data entre los iberoamericanos. Pero, asentado en ellas, me tomo el atrevimiento de afirmar que en el pasado hay una fuente de resemantización en su integralidad, tanto en lo digno y heroico, como en lo menos deseable para los tiempos que soñamos y levantamos piedra a piedra.

La dependencia que debemos traspasar se manifiesta en el lenguaje que empleamos, en la creación artística y literaria que se modela desde los cánones del mercado, en la historiografía preocupada por los grandes hombres y de espaldas a la masa, uniforme en su anonimato pero reticulada por heterogénea.

Esa dependencia está presente, no pocas veces, hasta en las formas de concebir la emancipación de la dependencia. Depender de modelos importados para la quimera desarrollista es descontextualizarlos y convertirnos en meros copistas. 

La creatividad genuina, afincada en nuestras realidades resulta imprescindible. Nuestro cambio cultural clama por este contenido.

Tal reconocimiento es necesario para abrir paso a la otra independencia. Nuestra escuela es la vida. En ella se forman las ideas iberoamericanas, sin intenciones extremas de constituirse en sapiencia crítica, pero conscientes en distanciarse de una conciencia conformista.

Las concepciones que nos guíen, para romper la dependencia cultural, han de ser comprensivas aunque no resignadas. Sin aceptar la debilidad de la que partimos jamás desaparecerá nuestra dependencia.  
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