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lunes, abril 13

Olguita y la Virgen



Hay mitos que acrisolan a los pueblos donde se engendran. Se entretejen con sus aconteceres épicos y desbordan el sudor y el fruto en la faena del día a día. El pueblo cubano no constituye excepción. Ha creado su imaginario a lo largo de sus siglos formativos. Quizás una de las expresiones de legitimidad del sujeto social diferente que un día surgió en este archipiélago sea la Virgen de la Caridad del Cobre.
Cachita, como se le conoce en el argot popular, lleva en sí misma exponentes de la diversidad etnocultural que le dio origen y que coincide con la de toda la nación. Todo entrelazado en una hermosísima leyenda donde al hombre se le confiere un milagro en medio de una denodada lucha contra la furia de los elementos que la naturaleza ha desatado. ¿El escenario? La Bahía de Nipe en el siglo XVII.
El lugar y los protagonistas del suceso son reales. Hay suficientes documentos que lo prueban. Lo demás ha encontrado cuna en el espíritu bueno de los cubanos. Pervive en el peregrinaje de los devotos y en la curiosidad de los ateos. En virtud de esas cualidades extiende su presencia de Maizí a San Antonio.
Sin embargo, no pocas veces ha escapado de su posición en la espiritualidad criolla para mostrarse ante el microscopio de los investigadores sociales. Esta virgen se muestra huidiza por momentos, así lo hacía cuando la adoraban en el humilde bohío convertido en ermita en la holguinera Barajagua. Ella sabe escapar para hacerse más interesante a todos, incluidos los científicos. No hay uno a quien haya dejado insatisfecho, tampoco les revela sus secretos de manera fácil. Solo quienes la contemplan desde el prisma de pueblo consiguen obtener sus códigos.
José García de Arboleya, Samuel Hazard, Fernando Ortiz, José Juan Arrom, Irene Wright, Rómulo Lachatañeré, Ángela Peña, son solo algunos nombres entre los estudiosos que no han podido sucumbir a su hechizo cognoscitivo. Tampoco consiguió evadir su influjo cautivante la Dra. OlgaPortuondo Zúñiga. Poseída por el misterio de las interrogantes nos ha entregado La vírgen de la Caridad del Cobre. Símbolo de cubanía, que hoy presentamos en su tercera edición.
Olguita es bien conocida entre nosotros, me ahorraré las descripciones curriculares. Una vez lo hice y empleé muchísimo tiempo en la mención de sus logros académicos. Aun así, mi versión fue incompleta.
Tras contrapunteos entre el fervor más allá de lo humano y el radicalismo, quizás entre nosotros surja la duda ¿Habrán venido estos estudiosos incrédulos a deshacer el encanto del milagro? La Dra. Portuondo esclarece:
No es que pretenda despojar a la Vírgen del Cobre de su misterioso atractivo, menos aun que desaparezca el aliento trascendente que anima su culto; lo que se persigue es el esclarecimiento de las acciones entre las cuales surgió y se afianzó la devoción y las vías por las que transitó la imaginación colectiva para elaborar esta saga.
Es imposible esperar otra pretensión investigativa en quien ama a su pueblo. Ella ha indagado para nutrir, todavía más, la personalidad histórico cultural que se ha apropiado de este archipiélago del Caribe.
La creencia de la Virgen del Cobre no puede ser entendida como el simple producto de una conciencia enajenada por la lucha del criollo en el mar y en la tierra; - plantea esta santiaguera de toda Cuba - ante todo, es la más temprana y hermosa realización poética en la que se simboliza el esfuerzo del hombre mestizo de amarillo, de blanco y de negro para aprehender la Isla. Concertados hombres de tres continentes en tierra cubana, dieron lugar a una concepción religiosa que, en su esencia, expresa la maravillosa gestación de una cultura propia.
Olguita penetra en nuestras raíces. Mira el rostro actual de Cachita, maquillado a la usanza hispana y, tras la primer capa del colorante, descubre otros rasgos, quizás aborígenes, quizás africanos. La imagen corpórea que flotó en Nipe, en medio de la tempestad, pudo venir de muchos lugares.
Los resultados de la ciencia arqueológica son contrastados por la autora en múltiples páginas. También los deslumbradores orígenes de la vírgenes latinoamericanas y las que desembarcaron de carabelas y galeones. Pero cosa rara. Al dilema religioso europeo de buscarle o negarle espacio a la madre, donde solo caben el padre, el hijo y el espíritu santo ella le encuentra una coincidencia con la adoración, que sentían los hombres que en estas tierras andaban en taparrabos, por el ideal de maternidad divina. Muchos cemíes de abultado vientre, con zanjas femínicas entre sus muslos, se prestan a su confirmación.
La profesora también penetra en la trilogía de los Juanes. Juan el Criollo, Juan el Negro y Juan el Indio, según algunos. ¡Vaya casualidad! Se salvaron en el pequeño bote tres componentes fundamentales de la cubanía. ¡Cuánto tiene de nosotros esta leyenda!
A ella le confió todo el Negrito de la Vírgen, el que en medio de la maltrecha embarcación, une sus manos y mira al cielo implorante. Juan Moreno, así se llamaba, porque éste es de carne y hueso y dejó a la acuciosa investigadora su testimonio oral – el humilde hombre no sabía escribir – fue recogido en pergaminos que quién sabe cómo se escribieron. Así son las leyendas.
En las páginas que Olguita nos entrega la Virgen disfruta del diálogo. Relata cómo fue llevada a Santiago. Mejor dicho, a un arrabal de Santiago. A la pureza cristiano católica del siglo XVII le era difícil admitir que una imagen rodeada de milagros no recogidos en la Biblia se instalara en la catedral de tan importante ciudad. Así de polémico era el mundo del lado de acá del Atlántico para la comprensión de matriz europea.
Cachita pudo ser la Virgen del Arrabal. Todavía más, puede hasta llamársele la Vírgen de los Humildes, porque en el Cobre solo encontró espacio en el altar de la capilla del hospital para los esclavos. Con ellos luchó por la tierra, fue cimarrona y cuando el clarín de La Demajagua llamó a los cubanos a filas, Cachita blandió el machete mambí.
¿Después? ¡Uh! Hay muchísimo que contar. Pero quien quiera saberlo, que compre el libro.

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